Título: Inferno
Autor: Dan Brown
Editorial: Planeta
Año de edición: 2013
ISBN: 978-84-08-11417-8
Páginas: 640
Con respecto a
Dan Brown hay abierto un auténtico debate entre partidarios y detractores. No voy a ser yo la que lo alimente más, cada
uno tendrá su propia opinión y es respetable. Así es que soy consciente de que quizá
alguno de vosotros seréis reticentes a darle una oportunidad a este autor. Incluso
puede que se la hayáis dado anteriormente y no os haya satisfecho. Quizá sois
de los que ven en sus novelas un afán
demasiado comercial, entendiendo comercial en su acepción más negativa, la de
una literatura pensada exclusivamente para el disfrute inmediato sin mayores
pretensiones. Algo así como la fast food
en la literatura. Es cierto que la prosa
que nos ofrece este autor no es merecedora del Nobel, o de una estrella Michelin
si seguimos con el símil culinario, pero cumple con creces lo que promete: entretenimiento
puro y duro. Lo tomas o lo dejas, es lo que hay. En mi caso, de vez en cuando
me apetece una hamburguesa con patatas, esta no es una hamburguesa cualquiera,
en esta ocasión se trata de alta cocina aunque el plato sea de lo más
normalito.
Dan Brown ha
dado con una fórmula de éxito y la está explotando al máximo. ¿Vosotros qué
haríais? Difícil disyuntiva. Él también lo tiene difícil porque superarse en
cada nuevo libro es francamente difícil. Con Inferno creo que el autor ha
logrado una de sus novelas más redondas, en la que todo cuadra, todo está bien
atado.
"Los lugares más oscuros del infierno están
reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en épocas de crisis
moral. Para Langdon, el significado de esas palabras nunca había estado más
claro: En tiempos peligrosos, no hay mayor pecado que la pasividad."
El protagonista
de sus últimas obras, Robert Langdon, un atractivo catedrático de simbología de
Harvard tiene que seguir una serie de pistas relacionadas con obras de arte
para conseguir salvar al mundo de alguna catástrofe. Quien amenaza al mundo
esta vez es un eminente científico ayudado por el Consorcio, una organización
de dudosa moral. Es habitual en sus novelas que siempre, y casualmente, Langdon
esté acompañado por alguna guapa señorita (que un profesor cincuentón con
chaqueta de tweed como protagonista queda muy soso). Es cierto que el patrón es
invariablemente el mismo, con alguna salvedad, pero no por ello deja de ser
sumamente entretenido. Las novelas de Brown te enganchan, quieres saber cómo
resolverá las pistas, qué giro dará la historia y, por supuesto, cómo acabará.
Y esto Brown lo vuelve a hacer, y mejor que en otras ocasiones. Esta vez nos
presenta a un Langdon amnésico que se despierta a miles de kilómetros de su
país, en Italia, sin saber qué hace allí y cómo ha llegado. Iremos averiguando
qué ha pasado para llegar a esa situación al mismo tiempo que el propio
protagonista y no nos dejará un momento para respirar. A través de capítulos
bastante cortos y de lectura muy ágil, la búsqueda de las pistas para resolver
el enigma y, al mismo tiempo, deshacerse de sus perseguidores sirve de excusa
al autor para mover a sus protagonistas por alguna de las ciudades más bonitas
que he visitado y creo que visitaré: Florencia, Venecia o Estambul. Surcar las aguas del Gran Canal y divisar la
basílica de San Marcos desde el embarcadero del Palacio Ducal, visitar el
Duomo o el Ponte Vecchio y conocer algunos secretillos que se esconden en estos
monumentos tan admirados, para mí ha sido toda una gozada. Las pistas que Langdon
irá descifrando junto a su acompañante accidental Sienna Brooks, tienen todas
que ver en esta ocasión con La Divina Comedia de Dante Alighieri. Un atractivo
más a sumar a los ya citados puesto que la investigación nos servirá para
conocer algunos datos curiosos sobre la vida y obra de este poeta florentino.
Dan Brown tiene
una gran habilidad para sorprender al lector, cuando pensamos que irá en una
dirección se saca de la manga algo que nos descoloca. Siempre mantiene el
suspense, el lector nunca se puede confiar. La novela da muchos giros pero
todos ellos son muy creíbles, algo que chirriaba en otras novelas suyas como El
símbolo perdido, más flojita que ésta. El final también es más convincente que
en otras novelas del autor pero añade una cuestión moral que a mí me ha dejado
un regusto amargo. No os contaré por qué, evidentemente.
Lo dicho, quizá
dentro de unos meses no recuerde cada paso que dio Langdon hacia la resolución
del enigma o no recuerde los nombres de los protagonistas. Quizá no deje el
poso que otros autores dejan en mi memoria pero algo sí recordaré: disfruté
leyéndolo. Mucho.
Gracias a Editorial
Planeta por facilitarme el ejemplar.
