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martes, 24 de junio de 2014

"Una madre" de Alejandro Palomas


Título: Una madre
Autor: Alejandro Palomas
Editorial: Siruela
Año edición: 2014
ISBN: 978-84-16120-43-7
  Páginas: 248




Dice Alejandro Palomas en una entrevista publicada en Culturamas a propósito de Una madre  que "vivir es caminar por el cable del funámbulo y de repente entender que el verdadero vacío está arriba, que si vivimos con los ojos puestos en un cable, la vida y la muerte son lo mismo". Y, aunque la que tiene resulta preciosa, ese concepto de la vida como un caminar por la cuerda floja intentando mantener el equilibrio bien podría haber sido la imagen de portada de esta novela. Porque Una madre nos recuerda que muchas veces vivimos temiendo que se rompa la cuerda que nos da seguridad o procurando no dar un mal paso que nos haga caer al abismo cuando, en realidad, mirar siempre hacia abajo nos impide poder disfrutar de las cosas que nos hacen realmente felices. Nada puede definir mejor a esta novela que nos habla de personajes que hace tiempo que cargan sobre sus corazones con el peso de las rutinas, la inquietud de los silencios o el temor a ser descubiertos en escondidos refugios que les protegen de los reveses que han sufrido en la vida.


"Mamá está nerviosa e ilusionada. Lleva así unas semanas, desde que tiene la certeza
de que esta noche estaremos todos. Por fin, después de tantos intentos frustrados,
los que somos su sangre nos sentaremos a la mesa a celebrar el fin de año y brindaremos juntos.
Es un gran día para ella y no lo disimula, porque no sabe hacerlo.
Desde que se divorció de papá, siempre ha pasado algo, algo ha terminado torciéndose
y la cena de Nochevieja ha estado coja."


Alejandro Palomas centra la novela en una sola noche de un día muy especial, simbólico quizá, en el que despedimos el año ya vivido para estrenar uno nuevo. Esta Nochevieja supondrá el punto de inflexión en la vida de los personajes que asisten a la cena organizada por la madre de familia, Amalia, que homenajea a aquella otra anfitriona que creara Virginia Woolf en La señora Dalloway. (Ojo, lectores, porque no será éste el único guiño a Virginia Woolf que el autor va dejando a lo largo de la novela).

"Mamá había dicho que ella misma compraría las flores." 1


Para enmarcar la obra, el autor ha elegido como escenario el comedor a cuya mesa se sientan los protagonistas. Un entorno cerrado que crea un ambiente íntimo. Cada capítulo del libro se presta a ser visionado como si de una escena de una película se tratase mostrándonos escenas pasadas que contextualizan lo que se vive durante la cena. En las horas que abarca la novela iremos conociendo a esta familia tanto como si de la nuestra se tratase. Entrad de puntillas en la intimidad de esta casa y no temáis perturbarles, ellos son generosos y os dejarán mirar desde un rinconcito de esta mesa donde caben más cosas de las que se ven a simple vista. Conoced a la matriarca, Amalia, maravillosa en todas sus facetas -¿no sería Carmen Maura una gran Amalia?- y a sus hijos: Silvia, Emma y Fer, cada uno con sus aflicciones cargadas sobre los hombros. Y a Olga, que lo cierto es que familia-familia no es -y, hay que ver, qué difícil y duro es eso a veces. Y finalmente, reíros un rato con las ocurrencias de tío Eduardo, el Indiana Jones de las conquistas amorosas.


Si mi abuela hubiese leído esta novela hubiera sentenciado, tajante, "en todas las casas cuecen habas". Ella, al igual que Ester, la abuela ausente pero constantemente recordada del protagonista, y a la que tanto me recuerda, tenía un refrán adecuado para cada momento. Y es cierto, no hay nada más complicado y a la vez más sencillo que una familia porque cada una se rige por sus códigos, tiene sus peculiaridades y sus formas de proceder pero subyaciendo a todo siempre está el hecho de ser familia, esos lazos consanguíneos que nos unen con una especie de nudo gordiano y que nos proporcionan un sentimiento de pertenencia a un  algo más elevado que nosotros mismos. La familia como ese salvavidas al que asirse cuando todo parece perdido, ese faro que nos guía en la oscuridad, esa historia común que nos da identidad.  Pero esos lazos no es bueno que aprieten mucho, deben dejar respirar, todo debe tomarse en su justa medida y ahí radica la dificultad.


Es increíble lo que una novela puede influirte, lo bien que conocen algunos autores, Alejandro en concreto, la psique humana para crear unos personajes con los que el lector empatiza tan rápidamente. En Una madre Palomas hace una radiografía de la familia que bien pudiera haber sido la de cualquiera de nosotros. Yo también hubiera necesitado y agradecido en algún momento que Amalia me hubiese sentado a su mesa una Nochevieja o cualquier otro día, también tengo mi silla de las ausencias en la que se sientan dos personas a las que querré y recordaré mientras viva y también tengo mi propia libreta de páginas violetas en las que algunas preguntas aún esperan respuesta.  Por eso esta novela llega tan y tan hondo al lector, porque todos en algún momento nos hemos sentido paralizados y hemos necesitado que alguien nos ayudara a avanzar. Una madre habla de soledad, de la soledad como elección, de la soledad como liberación y de la soledad como cárcel. Una madre también habla de reinventarse, de afrontar, de arriesgarse y, sobre todo, de abrazar la vida con fuerza y dejar que pase el sol por esos huecos oscuros que nos impiden ver la luz al final de túnel.

"Yo daría la vida por poder abrazar a mi madre una sola vez, una sola,
y por poder decirle que lo he conseguido, que he salido de lo que he salido
y que me falta su mirada para saber que lo he hecho bien .
Daría todo lo que tengo, hija -dijo con una voz triste-.
Todo menos a vosotros tres, porque sin vosotros, sin tus hermanos y sin ti,
no me quedaría nada que dar y tampoco nada que esperar. Y eso no.
Vivir sin tener nada que esperar, no"



Pero en Una madre también hay lugar para el humor, porque qué sería de una familia sin los chistes que a veces sólo nosotros comprendemos, los recuerdos graciosos o las anécdotas -la de risas que me he echado con las ocurrencias de Amalia cuando está en Cara B "modo on".

 
- Pues la semana pasada fui con Ingrid a ver Los miserables - dice  mamá con voz de te-voy-a-contar-algo-pero-que-muy-interesante, poniendo una mano en el brazo de Olga-. Pero el musical, ¿eh? No la película.
(...)
- Ay, es tan... real -sigue mamá moviendo una mano en el aire. Va por la segunda copa de vino blanco y empieza a estar un poco achispada-. Está llena de miserables que sufren mucho todo el rato. Y a veces hasta lloras muy a gusto. O sea, un poco como el telediario, pero en París y sin los deportes. Y luego terminas y te vas a cenar. Y ya está.

 
No voy a desvelar nada más del argumento de Una madre porque es necesario que abordemos la lectura dispuestos a dejarnos llevar. Pero sí os diré que Una madre es poesía pura, que quien escribe nunca podrá reseñar haciéndole justicia. Una madre es de esas novelas que se disfrutan leyendo despacito porque quieres posponer el momento en que las hojas lleguen a su fin. De esos libros que acaban con tu reserva de pósit de tantas frases que quieres marcar para recordar.  De esas lecturas que te remueven cosas que llevas muy dentro porque tú también mantienes el equilibrio en tu propio trapecio. Alejandro, tus lectores te estamos eternamente agradecidos por esta maravilla hecha novela.



1. Paráfrasis de la oración que da comienzo a La señora Dalloway, de Virginia Woolf: "La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores."

martes, 21 de mayo de 2013

'El alma del mundo' de Alejandro Palomas

 
Título: El alma del mundo
Autor: Alejandro Palomas
Editorial: Espasa
Año de edición: 2011
ISBN: 978-84-670-3619-0
Páginas: 325

Dicen que el violonchelo es uno de los instrumentos cuyo sonido más se asemeja a la voz humana. Un sonido grave y triste. "La voz de los perdedores", llega a afirmarse en la novela.  O de los perdidos, según se mire. Un instrumento que posee alma*, no sólo en el mas estricto sentido de la palabra. Un instrumento capaz de contener y expresar los más profundos miedos o pesares. Y es precisamente este instrumento y su música los que nos acompañarán a lo largo de las más de trescientas páginas de esta pequeña joya literaria que es El alma del mundo.  Porque, como dice la frase promocional de libro "No hay mejor música que la de un corazón afinado". Un corazón que está en paz consigo mismo y con los demás, un corazón que se comunica con otro sin necesidad de palabras.


Otto Stephens y Clea Ross, de ochenta y seis y noventa años respectivamente, llegan el mismo día a una residencia de ancianos. Ella, insolente y descarada, oculta un poso de amargura tras sus ojos vivarachos. Él, encantador y risueño, aún conserva la gallardía y apostura que tuviera de joven. Ambos eligen a Ilona, una cuidadora recién llegada y sin experiencia previa, como acompañante durante su estancia en la residencia. ¿Será casualidad que ambos exijan a la misma ciudadora?.

Este comienzo es suficiente para que el lector se quede enganchado a la lectura de esta novela cuya fuerza reside en contar una historia sencilla sobre algo tan complejo como son los sentimientos y en lo brillantemente dibujados que están sus personajes. Unos personajes que salen de las páginas para instalarse en el corazón del lector. Para siempre me llevo yo a Clea, una anciana aparentemente cascarrabias pero que esconde una gran sensibilidad y que tanto me ha recordado a otra que me dejó hace unos años. 
 
El pasado de los personajes es fundamental en esta historia de dolor y de esperanza. Un pasado con el que hay que reconciliarse para poder avanzar, un pasado "en presente continuo" al que hay que empezar a conjugar en otro tiempo verbal. Si el pasado de los ancianos es importante, aún más lo es si cabe el de Ilona, una húngara cuya vida ha estado llena de ausencias, carencias y vacíos y del que aún no se ha podido desprender. Llena de vacío, que paradoja tan dolorosa... Su trabajo como lutier para Otto, con quien compartirá tardes de conversación y faena, la ternura de su trato o la sabiduría y empatía de Clea, propiciarán que poco a poco Ilona se vaya implicando emocionalmente con este par de ancianos y rompa ese caparazón de dolor que le impide comunicarse para compartir con ellos sus temores y preocupaciones. Los tres protagonistas pronto se convierten en algo así como organismos simbiontes, sus vidas van a cobrar nuevo sentido gracias a la existencia de los otros dos. Ilona, aquella cuya misión era prestar ayuda y acompañar a los ancianos  resulta ser la que más auxilio recibe por parte de dos personas que nos dan una lección de vida, de cómo llegar a esa edad y continuar disfrutando, de que hay que mirar hacia adelante aunque lo que quede ante nuestros ojos sean apenas unos años más de vida.

"Desde la ventana, Rocío leyó en la espalda de Ilona y en la nube que la blanqueaba
que aquel cuerpo ocultaba algo, que la que miraba el mar desde abajo era una mujer
hecha de capas de cosas no dichas y no compartidas que había aparecido para
cambiar algo, porque seguramente algo cambiaba siempre allí donde llegaba.
Leyó durante unos segundos entre esos dos hombros una marea de palabras,
de gestos y de dudas enmarcados por una extraña plenitud que la puso sobre aviso
y que encendió en ella una pequeña luz de alarma. Había demasiadas cosas en el gesto
de aquella espalda, demasiadas cosas por resolver".
 
Una novela escrita con una delicada sensibilidad es lo que me he encontrado en mi primera incursión en la obra de Alejandro Palomas. Una novela que nos habla del pasado, del futuro, de secretos dolorosos largamente callados y de segundas oportunidades. Una novela que no me cansaré de recomendar.

(*) En los instrumentos de cuerda que tienen puente, como el violín, el contrabajo, etc., palo que se pone entre sus dos tapas para que se mantengan a igual distancia (RAE)