Ficha técnica
Título: La juguetería errante
Autor: Edmund Crispin
Editorial: Impedimenta
Nº de páginas: 320
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788415130208
Año de edición: 2011
Pero La juguetería errante ofrece algo más que misterio. Humor y referencias a la literatura no podían faltar teniendo como protagonista a un ingenioso profesor universitario de esta materia. Desternillantes son los momentos en los que la tensión aumenta y los intelectuales Fen y Cadogam se dedican a jugar haciendo listas de libros infumables o de personajes detestables, y sorprendentes aquellos en los que descubrimos a un camionero que lee a D. H. Lawrence o el comisario que quiere debatir cuestiones sobre la poesía de Shakespeare. Y es que el ambiente universitario e intelectual de Oxford, así como sus calles, sus bares, sus parques y colegios, también es retratado en esta obra con un toque de humor muy "british".
Oxford aparece claramente retratada junto al ambiente universitario que se respiraba en los años 30: las normas de protocolo, la jerarquía, la vida en los colegios, todo es descrito con gran realismo y algo de mala leche. Sirva de ejemplo cómo describe Crispin al rector: "nunca se había podido habituar, desde su nombramiento, a aplazar el almuerzo hasta la una y media". O cómo ironiza acerca de la estricta observación de la formalidad en las ceremonias universitarias: "(...) cuando el oficio terminó, sólo un acceso de apoplegía les habría permitido salir del local sin atenerse al orden prescrito"
Nº de páginas: 320
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788415130208
Año de edición: 2011
Sinopsis
Cuando el poeta Richard Cadogan decide pasar unos días de vacaciones en Oxford tras una discusión con el avaro de su editor, poco puede imaginar que lo primero que encontrará al llegar a la ciudad, en plena noche, será el cadáver de una mujer tendido en el suelo de una juguetería. Y menos aún que, cuando consigue regresar al lugar de los hechos con la policía, la juguetería habrá desaparecido y, en su lugar, lo que encontrarán será una tienda de ultramarinos en la que, naturalmente, tampoco hay cadáver. Cadogan decide entonces unir fuerzas con Gervase Fen, profesor de literatura inglesa y detective aficionado, el personaje más excéntrico de la ciudad, para resolver un misterio cuyas respuestas se les escapan. Así, el dúo libresco tendrá que enfrentarse a un testamento de lo más inusual, un asesinato imposible, pistas en forma de absurdo poema, y persecuciones alocadas por la ciudad a bordo del automóvil de Fen, Lily Christine III.
Opinión
Menuda racha de descubrir joyitas que llevo. No me explico cómo estaba yo para esperar tanto tiempo a leer esta novela. Es un libro redondo, con todos los ingredientes para un buen disfrute leyendo: una historia de intriga, sólida y bien urdida, que nos va presentando a los sospechosos y sus motivos y oportunidades, para poco a poco ir desentrañando el misterio, diálogos vivos llenos de ironía y dobles sentidos y humor, mucho humor, sin perder esa flema que caracteriza a los británicos.
Todo comienza cuando el poeta Richard Cadogan decide tomarse unas vacaciones para alejarse una temporadita de Londres y, por extensión, de su editor con el que tiene algunos desencuentros. Su destino será Oxford donde, nada más llegar, será testigo accidental de la presencia de un cadáver tirado en el suelo de una juguetería. Cuando acude con la policía al lugar del crimen se encontrará con que el sitio ya no es una juguetería sino una tienda de ultramarinos y que, por supuesto, no hay señales de cadáver alguno. Tratado poco menos que como un desequilibrado, acude en busca de ayuda a su amigo el profesor de Literatura Gervase Fen, con quien investigará qué hay tras este misterio de la juguetería que se desvanece y el cadáver desaparecido.
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Edmund Crispin |
El excéntrico profesor Fen, protagonista de la mayoría de novelas de Crispin, es quien lleva el peso de la historia. Fen, una especie de Sherlock Holmes montado en su llamativo descapotable rojo, nada tiene que envidiar a éste, a pesar de no ser tan famoso. Frente a la racionalidad del londinense, Gervase Fen se guía más por una intuición que le lleva a ir improvisando sobre la marcha y que le meterá en algún que otro lío. Cadogan, en cambio, más que un Watson parece un Sancho Panza poeta, fiel escudero sin muchas inquietudes detectivescas que sigue a pies juntillas las indicaciones de su amigo.
Al más puro estilo detectivesco, varios sospechosos tenían motivos para realizar el crimen y el lector se implica con la historia intentando averiguar quién es el culpable antes que los protagonistas. Hay un momento culmen en la novela, muy cinematográfico, en el que se nos llega a presentar a los sospechosos en el mismo lugar pero en habitaciones separadas, ayudando esta separación espacial al lector en la tarea de dilucidar cuál de ellos habrá sido el asesino. Si a esta intriga añadimos huidas de la policía, persecuciones automovilísticas, a un abogado sin muchos escrúpulos, una dama en apuros, dos matones y unos misteriosos herederos con nombres en clave, tenemos una novela de misterio de sobresaliente.
Pero La juguetería errante ofrece algo más que misterio. Humor y referencias a la literatura no podían faltar teniendo como protagonista a un ingenioso profesor universitario de esta materia. Desternillantes son los momentos en los que la tensión aumenta y los intelectuales Fen y Cadogam se dedican a jugar haciendo listas de libros infumables o de personajes detestables, y sorprendentes aquellos en los que descubrimos a un camionero que lee a D. H. Lawrence o el comisario que quiere debatir cuestiones sobre la poesía de Shakespeare. Y es que el ambiente universitario e intelectual de Oxford, así como sus calles, sus bares, sus parques y colegios, también es retratado en esta obra con un toque de humor muy "british".
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Oxford |
Oxford aparece claramente retratada junto al ambiente universitario que se respiraba en los años 30: las normas de protocolo, la jerarquía, la vida en los colegios, todo es descrito con gran realismo y algo de mala leche. Sirva de ejemplo cómo describe Crispin al rector: "nunca se había podido habituar, desde su nombramiento, a aplazar el almuerzo hasta la una y media". O cómo ironiza acerca de la estricta observación de la formalidad en las ceremonias universitarias: "(...) cuando el oficio terminó, sólo un acceso de apoplegía les habría permitido salir del local sin atenerse al orden prescrito"
Lo dicho, una novela sobresaliente. Sin duda.